Demonios del Norte - Carlos Canale / Miguel del Rey

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Si partimos de que el término drakar lo inventó en el año 1843, en 
plena marea romántica, el francés Auguste Jal, o que los cascos 
vikingos jamás llevaron cuernos, puede sorprendernos lo poco que 
sabemos de las características culturales, religiosas y militares de una 
civilización rodeada de tremendas inexactitudes debido al furor 
nacionalista germano y escandinavo de los siglos XIX y XX y a las 
licencias históricas que se toma sin ninguna vergüenza la industria 
del espectáculo. 
Los vikingos tampoco eran un grupo ligado por lazos de ascendencia, 
patriotismo o especiales sentimientos de hermandad. La mayoría 
provenían de las áreas que actualmente ocupan Dinamarca, Noruega 
y Suecia, pero también los había eslavos, fi neses, estonios e incluso 
samis -lapones-. El único perfi l común que los hacía diferentes de 
los pueblos a los que se enfrentaban era que venían de un país 
desconocido, no estaban «civilizados» tal y como cada una de las 
distintas sociedades entendía por entonces ese término y, lo más 
importante, que no eran cristianos. A pesar de ello, en las islas 
Británicas dejaron una huella honda y perdurable. En Francia, el rey, 
descendiente del mismísimo Carlomagno, tuvo que cederles tierras. 
En italia fundaron el reino normando de Sicilia. En España infl uyeron 
con sus incursiones en el Califato de Córdoba y en el imperio 
bizantino organizaron las bases de la actual Rusia. No cabe duda de 
que algo debe a su infl uencia el patrimonio cultural de esa casa 
común que hoy llamamos Civilización Occidental

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